En la línea de otras ocasiones, con la caballerosidad habitual, Jannik Sinner y Carlos Alcaraz se fundieron en un abrazo que sella un pulso explosivo y equitativo: dos grandes por cabeza, el número uno para uno y la corona maestra (otra vez) para el otro. Seguramente justo. De la mano, uno y otro han virado el tenis hacia un terreno explorado, pero quizá no hasta la cota marcada hoy día por una pareja sin puntos débiles que se desmarca de los demás a base de intensidad. Esa es la clave, dicen. A piñón fijo de principio a fin. Pocas veces se habían presenciado pulsos tan sostenidos, equilibrados y sofisticados como este, resuelto en ultima instancia a favor del italiano. Un maravilloso 2025.
EVOLUCIÓN: SAQUE, VOLEA Y MUÑECA
A lo largo de las últimas fechas, Sinner ha constatado que se marchó de Nueva York con la lección bien aprendida y dispuesto a aplicar un plan de choque. Se autoexigía evolucionar, añadir registros, y a tenor de los hechos lo ha conseguido. Hoy es mejor tenista que ayer. Más osado y menos estanco.
Durante la final contra Alcaraz se detectaron varios matices. De entrada, dos dejadas deliciosas (e inusuales) que rompieron el punto y no pudo alcanzar el español, siempre un galgo; es decir, deben ser muy precisas. Ese atrevimiento se plasmó igualmente en la red, donde mostró más determinación y acierto en la volea.
Y, por encima de todo, su servicio ha mejorado sensiblemente en el otoño. En concreto, de manera significativa entre septiembre y noviembre. De una final a otra, de Nueva York a Turín, un giro reseñable tanto en la efectividad —de un 58% en el epílogo del US Open a un 70,4% en el italiano— como en la productividad con los primeros saques: retuvo el 83% de los puntos, frente a solo un 57% hace dos meses.
