Leía estos días con asombro algunos intentos de comparar lo sucedido en Venezuela desde el 3 de enero con la Transición española. En un contexto internacional con la ultraderecha y el populismo al alza, un presidente norteamericano decide saltarse el orden internacional con desparpajo y nos deja en apenas una semana una secuencia vertiginosa. Bombardeos. Una operación militar para secuestrar al tirano. Declaraciones señalando que la urgencia es el control estadounidense del petróleo venezolano; lo de la democracia, ya se verá. Una líder de la oposición exiliada simpática, pero que tiene poco que aportar, salvo un Nobel de la Paz. Una vicepresidenta que se queda al mando para colaborar. Una reunión en la Casa Blanca con las principales petroleras del mundo para repartirse el negocio. Mientras, en el país del líder liberador, las unidades paramilitares son legales, los agentes pueden pegar tiros a las activistas y las deportaciones masivas cuentan con el respaldo de la autoridad. Sin una bola de cristal en la mano es difícil saber si el azar, el destino o Donald planean una colección de giros inesperados que aterrice en un paisaje similar, pero por ahora la actualidad venezolana tiene difícil rima con la España de hace 50 años.
