Noor, de 25 años, licenciada en Derecho por la Universidad de Herat, en el oeste de Afganistán, soñaba con trabajar en la Fiscalía General de Afganistán. Pero ahora toma pastillas para combatir la depresión y la presión de su familia para que se case. “Mi familia me dice que, como ahora no hay trabajo ni universidad, lo mejor es casarse. No tengo ninguna esperanza”, se lamenta, derrumbándose. “Recibo un bofetón de mi familia y otro de los talibanes”.



